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La muerte de Janis Joplin, una lucha salvaje entre el amor y la heroína

La muerte de Janis Joplin, una lucha salvaje entre el amor y la heroína 1

El tópico de la cantante torturada siempre tiene tirón. Y sí, Janis Joplin lo pasó mal en la adolescencia y es cierto que casi la destruyen cuando la nombraron «el chico más feo del instituto». Pero también ella era un mal bicho: tenía un grupito de amiguetes con los que frecuentaba garitos de blues y folk, y raro era el día que no se metía en una pelea, o la provocaba entre los gallitos que hubiera por allí.

Así fue como entró en contacto con los Waller Creek Boys, su primera banda, con la que interpretaba viejas tonadas hillbilly en Austin allá por 1962. Pero en muy poco tiempo se dio cuenta de que allí tampoco encajaba: la obtusa escena de folk local no la tomó en serio por su carácter y su forma de vestir.

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Fue más o menos en ese momento cuando decidió que emularía a sus ídolas del blues (Odetta, Big Mama Thornton, Ma Rainey, Bessie Smith) hasta las últimas consecuencias, cometiendo todos los excesos alcohólicos que, según contaba la leyenda, las había curtido frente a la adversidad. También se abrió a las experiencias homosexuales que contaban de ellas, echándose su primera novia en 1964.

Poco después de que aquella chica dejase volar libre a Janis, apareció un hombre en su vida. Se llamaba Peter de Blanc, y con él se zambulló en su pasión por la heroína. Tras meses de desenfreno toxicómano, los dos decidieron dejar la droga para casarse. Pero de pronto él desapareció, y cuando Janis descubrió el por qué, se vino abajo: tenía otra novia a la que había dejado embarazada.

La pobre Janis andaba perdidísima con su vida cuando recibió la llamada que cambiaría su destino, en 1964. Un antiguo amigo, Chet Helms, la invitaba a mudarse a San Francisco para cantar en una banda de rock, Big Brother. No se lo pensó dos veces, acudió a la llamada de la fortuna y gloria sin decírselo a sus padres, y al llegar a la Meca del hippismo se prometió a sí misma que no recaería en sus adicciones más peligrosas.

No estaba en el mejor lugar para cumplirlo. Un buen día, en una fiesta le pasaron una botella de vino espumoso y le dio un tragazo de campeona. «Cuidado chica, en esa botella hay 68 gotas de LSD», escuchó al limpiarse los morros con la manga de la camisa. Mientras el ácido iba conquistando cada célula de su cuerpo, la llevaron al Fillmore a ver a Otis Redding y alucinó en colores con el paladín del soul más aguerrido y visceral. Aquel show se convirtió en la utopía que debía perseguir, y tardó poco en rozarla al arrasar en el festival de Monterey, su gran consagración con el sello de garantía de Mama Cass, que se quedó boquiabierta viéndola desde primera fila.

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El monumental éxito que experimentó en los siguientes dos años hizo tambalear su precario sentido de la sensatez, así que siguió coqueteando con el caballo a pesar de que en la banda se había impuesto cierta abstinencia por respeto al guitarrista Peter Albin, que no se metía nada y había acordado con los demás que tampoco lo hicieran en su presencia. Pero a principios de 1969, Janis se dejó seducir por la idea (absolutamente cierta, por otro lado) de que ella era la estrella del grupo, y abandonó a sus compañeros para formar una banda a su medida, la
Kozmic Blues Band
. Ahí, las restricciones de consumo de drogas desaparecieron.

La hinchada de Janis no se tomó bien este cambio, y la prensa tampoco quedó muy entusiasmada con sus nuevas canciones. Ella empezó a verse carcomida por las dudas, y en consecuencia, se tiró al abismo de su vieja amiga la heroína. Durante esa época estuvo saliendo con Joe McDonald de Country Joe & The Fish, pero no estaba tan enamorado como ella necesitaba, así que volvió a diluir sus penas en la cuchara. En Woodstock compareció colocadísima, y cuando decidió irse de mochilera a Rio de Janeiro, no le faltaban los suministros. Allí conoció a un joven llamada David Niehaus, del que se enamoró perdidamente. Y él de ella, también. Pero aquel apuesto aventurero no soportaba a los yonkis. Le dio a Janis la opción de elegir, y el caballo ganó.

Janis volvió sola a Estados Unidos y pasó el año de 1970 obsesionada por recuperar a Niehaus, hasta el punto de ser capaz de dejar la heroína. En los conciertos improvisaba versos sobre su trágico romance y sobre cómo esperaba que algún día volviera con ella, pero todos a su alrededor la veían bien, sana y animada. Estaba decidida a seguir con su fulgurante carrera musical. Incluso se había echado un nuevo novio, un novelista de poca monta llamado Seth Morgan con el que se llegó a prometer. Pero el cuatro de octubre de 1970, después de esperarle durante horas en la soledad de su apartamento (había quedado con él, pero esa noche nunca apareció), libró una encarnizada batalla mental consigo misma y el caballo volvió a ganar. Abrió el cajón de la mesita de noche con su mano temblorosa, vio la aguja y se dijo: «Voy a darme un último homenaje. Nadie se enterará».

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