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Hipersexualidad: ¿en qué momento el aumento del deseo sexual se vuelve peligroso?

Hipersexualidad: ¿en qué momento el aumento del deseo sexual se vuelve peligroso? 1

Muchas de las sustancias o prácticas que generan adicción se asumen como negativas: alcohol, tabaco, drogas, juegos de apuestas, pasar demasiado tiempo conectado a internet. Tener relaciones sexuales, en cambio, es algo positivo y deseable, con muchos beneficios para la salud. En buena medida se deben a eso las dificultades que a menudo surgen para reconocer o aceptar que existe una adicción al sexo.

Esta adicción -también llamada conducta sexual compulsiva o hipersexualidad- se caracteriza por “una frecuencia e intensidad elevadas de fantasías y conductas sexuales, un elevado deseo sexual y conductas sexuales de riesgo que se relacionan con elementos impulsivos o compulsivos, y que provocan malestar en la persona”. Así lo explican especialistas del Hospital Universitario Dexeus, de Barcelona.

Se trata de un tema que ha dado lugar a muchas discusiones entre los investigadores. De hecho, la hipersexualidad no está incluida en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, debido a que la Asociación Estadounidense de Psiquiatría considera que la evidencia científica no resulta suficiente. Una decisión que, después de la última edición del Manual, en 2015, ha generado respuestas y, desde luego, controversia.

Más allá de los debates, el problema existe. Y a menudo puede ser difícil de identificar la línea -a veces muy delgada- que separa un deseo sexual intenso (pero normal) de una compulsión que puede causar muchos perjuicios para la persona que lo sufre y para quienes la rodean.

En base a las descripciones sintomáticas de los especialistas del Hospital Universitario Dexeus, las señales más importantes a las que se debe prestar atención son las siguientes:

1. No poder controlar las fantasías y los impulsos

Tener fantasías sexuales es sin dudas normal e incluso saludable. Tales fantasías, con frecuencia, constituyen una parte importante del juego erótico de los individuos y de las parejas. Pero en ocasiones tales fantasías pasan a ocupar mucho tiempo y la persona siente que no las puede controlar, por mucho que intente reducirlas o mantenerlas a raya. Y tales fantasías generan impulsos que la persona siente como irrefrenables.

La hipersexualidad suele conducir a prácticas como masturbarse con mucha frecuencia, tener múltiples parejas sexuales (un estudio publicado en 2012 por científicos de Barcelona analizaba el caso de una chica de 16 años que salía a correr a un parque y “forzaba voluntariamente tropiezos con hombres”), pasar mucho tiempo consumiendo pornografía o practicando sexo virtual y pagar por sexo. Esos son, en general, los síntomas más visibles, aunque no los únicos.

2. Sexo solo para ocultar problemas

Uno de los mayores beneficios de tener sexo es un descenso en los niveles de estrés. Además, promueve el desarrollo neuronal, beneficia el corazón y permite dormir y descansar mejor, entre otros efectos positivos. Lo malo es que, en el caso de la adicción al sexo, la búsqueda de relaciones sexuales se convierte casi exclusivamente en un intento por escapar de la soledad, la ansiedad y los síntomas de depresión.

Lo que sucede, en consecuencia, es que con sus conductas sexuales la persona experimenta una liberación de tensión y un alivio transitorio del malestar, pero muy pronto siente también culpa o remordimiento, vergüenza, baja autoestima, angustia e insatisfacción. Este es otro de los síntomas de la hipersexualidad: una especie de constante “síndrome de abstinencia”, un malestar que solo parece poder resolverse por medio de nuevas prácticas sexuales.

3. Dificultad para establecer y mantener relaciones afectivas

Las prácticas derivadas de la hipersexualidad (deseo sexual exacerbado, búsqueda de nuevas parejas sexuales, consumo de pornografía, etc.) y el malestar generalizado que genera suelen generar, a su vez, nuevos efectos negativos. A menudo son motivo de problemas con la propia pareja -si tiene- o de dificultades para establecer vínculos con otras personas.

La situación también perjudica la relación con familiares y amigos, debido a ese estado de insatisfacción, vergüenza y angustia casi permanentes, por un lado, y al tiempo cada vez mayor que la persona dedica a sus prácticas sexuales. Por lo tanto, el deterioro de los vínculos con las personas cercanas podría ser también, en ocasiones, el resultado de una pérdida de control del deseo sexual. 

Una conducta sexual compulsiva puede generar problemas económicos por varios motivos. Un gasto considerable en productos y servicios sexuales puede ser una señal inequívoca de hipersexualidad. Otra posibilidad es perder el control y comenzar a consumir pornografía o hasta tener relaciones sexuales en el lugar de trabajo, o durante la jornada laboral, o utilizando el ordenador u otros dispositivos tecnológicos correspondientes al trabajo. En consecuencia, esta compulsión puede provocar la pérdida de empleo.

Y también la salud corre riesgos, porque las relaciones con múltiples personas incrementan el riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual, como VIH, clamidia, gonorrea y el virus del papiloma humano. Asumir este riesgo (que no solo concierne a la persona con hipersexualidad sino también a sus parejas o compañeros sexuales) y seguir adelante puede ser otra señal de pérdida de control.

Dadas las consecuencias negativas citadas hasta aquí, y otras aún más graves (consumo o abuso de drogas, depresión, intentos de suicidio, posibilidad de cometer delitos sexuales), lo más aconsejable es acudir en busca de ayuda profesional lo antes posible, así lo recomiendan los expertos del Hospital Universitario Dexeus, que aseguran que es muy difícil de superar sin ayuda en cuanto se detectan los primeros síntomas de conducta sexual compulsiva. Sobre todo, si la propia persona advierte que quiere evitar sus fantasías o comportamientos y no lo consigue.

Hay que tener en cuenta que las causas de la conducta sexual compulsiva no se conocen con exactitud: según la Biblioteca de la Clínica Mayo podrían involucrar desde un desequilibrio en los neurotransmisores y otros problemas fisiológicos hasta factores de riesgo como otras adicciones, conflictos familiares o antecedentes de abuso sexual o maltrato físico.

El tratamiento en general consiste en terapia individual o grupal, y en ciertos casos el médico también receta fármacos (antidepresivos o ansiolíticos, sobre todo), con el objetivo de que el paciente pueda superar la abstinencia y adquirir hábitos saludables. Mientras dure la terapia, la psicóloga clínica Encarni Muñoz Silva propone:

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